Basta con buscar en internet para hallar miles de consejos para 'mejorar' una relación de pareja.
Es cierto que aspectos como la comunicación, la transparencia, la flexibilidad y la responsabilidad afectiva impactan positivamente tanto a nivel individual como en la pareja. Sin embargo, dirigir la evolución de una relación desde una sola iniciativa es complejo, y el complejo de heroína rara vez es sostenible. Además, ¿por qué alguien cambiaría si está conforme consigo mismo?
¿Podemos hacer que nuestra pareja alcance su mejor versión?
La palabra 'hacer' implica acción, por lo que surge una pregunta clave: ¿deberíamos intentar cambiar a nuestra pareja? ¿Tenemos derecho a ello? ¿De dónde nace ese deseo?
Para responder, consideremos el origen de este impulso. Las mujeres, como cuidadoras primarias, suelen mostrar conductas maternales: preocupación, cariño y cuidados. A veces, incluso priorizan las necesidades ajenas sobre las propias.
No es raro ver relaciones donde la mujer asume roles de pareja y madre simultáneamente, lo que, a nivel inconsciente (complejo de Edipo), tiene lógica, pero genera desequilibrios relacionales. La pareja busca un igual, no otra madre; del mismo modo, una mujer no busca un hijo en su compañero.
Es crucial reconocer que algunas personas demandan inconscientemente estos cuidados, creando dinámicas agotadoras para quien los provee.
Estas características femeninas explican en parte el deseo de 'mejorar' a la pareja, asumiendo un rol protector hacia el 'indefenso'.
¿Qué revela de mí querer potenciar 'su mejor versión'?
Entramos en terreno sensible. Creer que sabemos mejor que el otro qué le conviene implica una posición de superioridad casi omnisciente. Es natural preocuparnos por conductas autodestructivas en la pareja y querer eliminarlas.
Esta reflexión no busca desanimar la ayuda genuina, pero ¿debe venir el deseo de cambio de nosotros? Bienvenido al complejo de heroína: querer 'salvar' al otro aunque no lo desee o deba salvarse solo.
Como describe Fedida en el Diccionario de psicoanálisis (1979), la omnipotencia es una creencia infantil que sobrevalora el poder de nuestros pensamientos y deseos para controlar o modificar la realidad. Esos cambios 'ideales' que convierten al sapo en príncipe surgen de nuestros propios anhelos.
Además, ¿soy yo una princesa perfecta? Dejemos de idealizar. Me gustaría que mi pareja haga deporte por la mañana para boosting su serotonina y felicidad, pero ¿y si necesita dormir más? Esa versión es mi proyección, no la realidad.
¿Nos cambia estar en pareja?
Sí, inevitablemente. Ambos adaptamos comportamientos al ritmo compartido, lo cual es natural y positivo. Como indican Bautista, Castillo y Torres (2022), la pareja impacta nuestro autoconcepto: gestos positivos o negativos alteran nuestra autoestima.
Se produce una inclusión del otro en el 'yo', perdiendo parte de la individualidad (ibíd.). Esto ocurre en toda relación. Pero adaptar es distinto a pretender cambiar al otro.
¿Y si no puedo cambiarlo, qué hago?
Idealmente, la pareja se basa en acuerdos mutuos. Si no puedo ni debo cambiarlo, aceptar tanto lo adorable como lo molesto es esencial.
Si su forma de ser es intolerable, la opción es irse antes de agotar recursos en una transformación imposible, ya que carecemos de ese poder o derecho.
Freud mencionaba que 'los pacientes se curan por amor', pero en terapia, con consentimiento y transferencia. El amor de pareja no siempre potencia lo mejor; puede erosionar emocionalmente, reabrir heridas o activar defensas.
No busquemos convertir sapos en príncipes para ajustarlos a nosotros: es inviable. Guarda la capa de heroína; respeta la autonomía de tu pareja.