Algunas personas perciben el deseo sexual como algo ajeno. Para unas, surge como por magia, disfrutándolo sin entender su origen. Para otras, es un milagro inesperado que celebran con un "¡aleluya!".
El deseo sexual, sobre todo el femenino, ha sido juzgado históricamente. A las mujeres se les ha dictado qué, cómo, cuándo, dónde y con quién sentirlo, imponiendo un camino "correcto" para su sexualidad.
Frases como "No deberías desear a esa persona", "Tu deseo es equivocado, corrígelo", "Deberías tener más ganas" o "Falta de deseo indica una enfermedad" han marcado su experiencia.
El inútil esfuerzo por forzar lo espontáneo
Ante la ausencia de deseo, muchos intentan provocarlo a la fuerza. Sin embargo, cuanto más se esfuerzan, más se alejan de la solución, generando frustración y abatimiento.
Con otras sensaciones espontáneas, como el apetito, las ganas de ir al baño o el enamoramiento, no luchamos por controlarlas. Aceptamos su naturaleza impredecible.
No obstante, con el deseo, algunos insisten en dominarlo, persiguiendo expectativas irreales que agrandan el problema en lugar de resolverlo.
El deseo no cae del cielo
El deseo no es estático ni pasivo; depende de nuestras acciones, emociones y pensamientos. Quienes esperan fórmulas mágicas o milagros se equivocan.
No existe una pastilla milagrosa para la libido. Desconfía de remedios "mágicos", aplicable no solo a temas sexuales.
La sexualidad no es binaria: ni control obsesivo ni pasividad absoluta. El deseo es único, moldeado por experiencias, entorno y etapa vital.
Conoce y cuida tu deseo
Observa tu deseo con curiosidad, sin juzgarlo ni forzarlo. No hay una frecuencia o intensidad "ideal"; cada uno tiene su normalidad según su contexto y biología.
Más allá del sexo, abarca intimidad, amor y autoexploración. No surge por magia ni se impone; es como un jardín que requiere cultivo diario para florecer sano.