¿Quién nos atrae y por qué? ¿En qué nos basamos para elegir pareja? ¿Existen personas fuera de nuestro alcance? Estas preguntas generan gran interés, ya que todos valoramos un físico atractivo que despierta emociones positivas.
Sin embargo, personas de todo tipo se emparejan con satisfacción. Esto se explica por la hipótesis del emparejamiento selectivo de Elaine Walster, psicóloga social pionera en el estudio de las relaciones. Propone que preferimos parejas similares a nosotros en nivel de atractivo físico. ¿Es cierto? ¡Sigue leyendo!
La importancia de la apariencia física
Nuestro aspecto influye en cómo nos perciben los demás. Es evidente el privilegio de quienes cumplen los cánones de belleza, respaldado por múltiples estudios científicos.
Tendemos a juzgar positivamente a las personas atractivas, asignándoles cualidades como bondad o simpatía sin conocerlas. Por ejemplo, un experimento mostró que se juzgaban con mayor dureza las travesuras de niños poco atractivos, mientras que se era más indulgente con los atractivos.
En otro estudio sobre un robo hipotético, las sentencias recomendadas fueron mucho más leves para criminales atractivos.
Esto resalta la relevancia de la imagen, pero no explica por qué no todos eligen a los más atractivos como pareja.
La hipótesis del emparejamiento selectivo
Según Walster, la similitud en atractivo físico determina nuestras elecciones. Lo probó en un estudio de 1966 con más de 700 jóvenes emparejados al azar para un baile. Evaluaron a sus parejas y, a los seis meses, se siguió su relación.
Inicialmente, los más atractivos recibieron mejores calificaciones, independientemente de la similitud. Pero a los seis meses, las parejas similares perduraban más, apoyando la hipótesis.
El tiempo es clave: en interacciones breves, prima el atractivo; en las prolongadas, la similitud.
En 1969, un estudio revisado confirmó que parejas similares en físico se atraían más mutuamente tras conocerse.
¿Tenemos miedo al rechazo?
Diversos estudios confirman que elegimos parejas a nuestro nivel. El miedo al rechazo parece la causa: ajustamos expectativas a lo que creemos ofrecer.
En un experimento de Huston (1973), sin riesgo de rechazo, se preferían parejas más atractivas.
Se necesita más investigación, pero superar miedos y baja autoestima podría abrir nuevas posibilidades románticas.