¿Qué vas a ser cuando seas grande? Los divertidos sueños profesionales de mis hijos

Recientemente surgió una pregunta interesante entre mis hijos: ¿qué serán cuando crezcan? ¿De qué vivirán cuando dejen de gastar nuestro dinero en las últimas novedades de LEGO o tengan que pagar ellos mismos un simple helado? Sus ideas cambiaban a cada rato: cazador, marinero, operador de grúa, médico, maestro, motorista…
El cuarto fue el más insistente: quería ser piloto de autos de carreras, cueste lo que cueste. “Compraré un motor como el de papá y lo montaremos juntos cuando yo tenga su edad actual”, dijo. Sus hermanos replicaron: “Pero papá será muy viejo para entonces, ¡quizá ni siquiera viva!”. El pequeño, molesto, respondió: “¡Son tontos! Si no viviera, ¿cómo íbamos a salir juntos en moto?”.
El mediano optó por operador de maquinaria pesada: tractores, grúas, dragas. Le advertimos que requeriría mucho estudio. Inseguro, preguntó: “¿Y si quiero una draga más pequeña, ¿estudiaría menos?”. ¡Ya negocia el esfuerzo en segundo de primaria! Tengo experiencia con esto, pero soñaba con que fuera diferente. ¿Soy ingenua? Sí, pero así sigo adelante.
El mayor sueña con navegar el mundo. Cada día dibuja un nuevo velero en sus cuadernos, con cálculos en papeles y libros de navegación de la biblioteca de mi esposo cubriendo su habitación. Esta pasión viene del regatista húngaro Nándor Fa y la Vendée Globe, que siguen online. Antes quería ser cazador solitario en el bosque, con rifles y sin interrupciones para tareas mundanas como recoger ropa sucia o sacar la basura.
La mayor aún duda, pero se inclina por actriz-cantante. Ensaya frente al espejo con movimientos que, para mí, parecen caóticos. Exagera con la actuación al recitar poemas, alterando versos de grandes poetas –lo que no agrada a su profesora, aunque a mí me divierte su creatividad con sinónimos.
La pequeña, aún lejos de elegir carrera, revolvió sal, azúcar y agua en mi olla más grande mientras jugaba con sartenes. Claramente, apunta a chef. Solo falta enseñarle a no romper huevos contra el suelo ni meterse frijoles en la nariz. Si corrige eso, ¡hasta una estrella Michelin podría estar cerca!
Curiosos, preguntaron por nuestros sueños infantiles. Mi esposo, clásico, quería ser ingeniero de locomotoras. “Y tú, mamá?”, inquirieron. “Geóloga en una plataforma petrolífera”, respondí. El cuarto preguntó: “¿Qué?”, y los mayores rieron. Luego, uno triste: “¿No siempre quisiste ser nuestra mamá?”. Reflexionando, sí: siempre quise ser su madre, simplemente eso.
