Estudios científicos respaldan firmemente la conexión entre experiencias traumáticas en la infancia y conductas adictivas en la adultez. El pionero Estudio de Experiencias Adversas en la Infancia (ACE, por sus siglas en inglés) de Felitti y colegas (1998) identificó este nexo. Las ACE abarcan abusos físicos, emocionales y sexuales, negligencia, pérdida parental, violencia doméstica y convivencia con familiares con problemas mentales en los primeros 18 años de vida. Los resultados mostraron que mayor número de ACE eleva el riesgo de abuso de alcohol y drogas en adultos (Felitti et al., 1998).
Tras más de 20 años de investigación, la evidencia confirma esta asociación: puntajes altos en ACE predicen adicción (Zarse et al., 2019). Adultos con cuatro o más ACE triplican el riesgo de problemas con alcohol (Dube et al., 2002), y con tres o más, cuadruplican el de ludopatía (Poole et al., 2017).
Pero, ¿cuál es el mecanismo detrás de esta relación trauma-adicción? Es más compleja de lo que parece.
Efectos del trauma infantil
El trauma en la niñez genera impactos variados según su tipo, duración, etapa evolutiva, genética, género y apoyo cuidador (De Bellis y Zisk, 2014; Levin et al., 2021; Nakazawa, 2015). Un efecto común es la desregulación del sistema de estrés (Burke Harris, 2018; Moustafa et al., 2021).
El eje hipotalámico-pituitario-adrenal (HPA) activa la respuesta "lucha o huida" liberando adrenalina y glucocorticoides ante amenazas, incrementando alerta, presión arterial y frecuencia cardíaca (Moustafa et al., 2021; Nakazawa, 2015; van der Kolk, 2014). La sangre se redirige de la corteza prefrontal, afectando control ejecutivo y autorregulación (De Bellis y Zisk, 2014).
En traumas crónicos, como abuso prolongado, el HPA se hiperactiva, causando estrés persistente, ansiedad e hipervigilancia (Nakazawa, 2015; De Bellis y Zisk, 2014). Esto daña el sistema inmune, regulación emocional, cognición y aumenta riesgos neurodegenerativos (De Bellis y Zisk, 2014; Dunlavey et al., 2018). Además, altera oxitocina (apego) y serotonina (ánimo), generando depresión y problemas relacionales (De Bellis y Zisk, 2014).
La conexión trauma-adicción
Las sustancias adictivas atraen por sus efectos inmediatos: placer (refuerzo positivo) y alivio de disforia (negativo; Goodman, 2001; Griffiths, 2005).
En personas con estrés desregulado por trauma, alcohol, benzodiazepinas, opioides y cannabis calman la hiperactividad (depresores del SNC). El juego induce trance disociativo (Schull, 2012).
Individuos con trauma buscan adicciones para regular ánimo, silenciar pensamientos intrusivos y mitigar estrés hormonal (Levin et al., 2021; van der Kolk, 2014), logrando entumecimiento temporal que agrava neuroadaptaciones.
Otros responden con disociación, sintiéndose numb. Estimulantes como cocaína, anfetaminas o nicotina restauran alerta; autolesiones o sexo compulsivo, sensaciones (van der Kolk, 2014).
Así, adicciones son intentos de coping ante secuelas neurobiológicas del trauma (Dube et al., 2003; Felitti, 1998; Poole et al., 2017; van der Kolk, 2014). El tratamiento debe integrar perspectiva trauma-informada para abordar ambas.