En coautoría con Mayer Bellehsen, Ph.D., directora del Centro de Estrés Traumático, Resiliencia y Recuperación de Northwell Health.
El trauma resuena en generaciones.
La guerra en Ucrania lo demuestra con crudeza. Imágenes de familias ucranianas despidiéndose de sus seres queridos que marchan al frente contra Rusia, o niños huyendo del horror, nos estremecen a todos.
Y no hay duda: nuestros hijos también las están viendo.
Es difícil medir cuánto interiorizan estos niños el sufrimiento de sus pares ucranianos. Estas imágenes y relatos pueden impactar profundamente, especialmente tras la pandemia de COVID-19, que ya generó desafíos inéditos en la salud mental infantil.
Los titulares bélicos reactivan traumas en veteranos o rescatistas. Para los niños, expuestos sin filtros en sus dispositivos personales, la guerra llega directa: noticias, desinformación, gráficos impactantes y un peso emocional abrumador.
La televisión ya transformó nuestra percepción de la guerra durante Vietnam en los 60. Hoy, aunque las familias no se reúnan ante el TV postcena, los niños consumen estas noticias solos, con supervisiones variables.
Podemos guiar a los padres con estrategias para hablar de noticias angustiantes, explorar sus emociones y procesar eventos. Reconozcamos que:
- La cobertura mediática evoca recuerdos perturbadores.
- Triggers variados —personas, lugares, sonidos, olores, sensaciones o momentos del día— despiertan emociones intensas.
- Expresar preocupaciones ayuda a los niños a entender y gestionar sentimientos.
- Apoyar víctimas y unirse a esfuerzos locales brinda propósito ante lo incontrolable.
Niños y jóvenes muy afectados necesitan ayuda profesional para procesar ansiedad. Sin embargo, acceder a servicios de salud mental de calidad es un reto, como vimos en la pandemia. La guerra en Ucrania expone las mismas carencias en disponibilidad y accesibilidad.
Hay escasez de expertos, saturados de demanda. El sistema fragmentado lleva a muchas familias a emergencias como primer recurso.
Los jóvenes completan seis veces más el tratamiento y logran mejores resultados cuando integramos servicios mentales en entornos escolares.
El plan de rescate avanza, pero su enfoque estatal no resuelve la fragmentación. Nuestros niños urgen una respuesta coordinada y permanente: atención a largo plazo, trauma-informada, como prioridad de salud pública.
Requerimos un ente regulador para monitorear programas, fijar estándares y atacar la escasez profesional y barreras financieras.
Los niños son resilientes por naturaleza. Nuestra misión: nutrir sus habilidades para un mundo de retos, traumas, guerras y pandemias. Inversiones coordinadas a largo plazo nos empoderan para guiarlos hacia una adultez fuerte.