Las heridas emocionales no resueltas del pasado tienen la capacidad de complicar nuestra vida actual, nublar nuestro juicio y dificultar la toma de decisiones.
Una de mis clientas, a la que llamaremos Sara, asumió responsabilidades excesivas desde niña. A los cinco años, era castigada por travesuras típicas de la infancia, como dejar la puerta abierta o no limpiar bien el baño. Además, se le exigía ayudar a la familia sin que se lo pidieran.
En terapia, Sara comprendió que había cargado con un peso inadecuado para su edad. Decidió no asumir responsabilidades ajenas a menos que se lo solicitaran explícitamente.
Este cambio, nacido de su sanación, la llevó a volverse pasiva en sus relaciones de pareja.
Por ejemplo, al preparar su maleta para unas vacaciones, vio las gafas de lectura de su esposo en la mesita de noche. Como no sentía que fuera su deber recordárselo, no dijo nada.
En el avión, al sacar sus libros, él se dio cuenta de que había olvidado las gafas.
Cuando Sara mencionó dónde las había visto, su esposo preguntó: "¿Por qué no me lo recordaste?". Ella, molesta, respondió: "Tus gafas no son mi responsabilidad".
Él se sintió herido y se quedó en silencio, mientras ella hervía de rabia. Las vacaciones empezaron con mal pie.
Compensación excesiva adversa
Si Sara hubiera tenido una infancia libre de cargas adultas, probablemente habría actuado diferente. Sabiendo lo importantes que eran las gafas para su esposo lector, podría haberlas empaquetado o mencionado el olvido antes de salir. Su negativa a involucrarse es un claro ejemplo de compensación excesiva adversa.
Es cierto que Sara no debería haber tenido tanta responsabilidad de niña. Pero en relaciones íntimas adultas, compartimos responsabilidades mutuas de forma voluntaria, como expresión de cariño, no por obligación.
La autoprotección de Sara es válida, pero genera distancia emocional. Lo positivo se torna negativo.
Otro caso común de "presencia del pasado" es la sobreprotección y la falta de perdón.
Sobreprotección y subperdón
Muchas personas sufrieron maltrato en la infancia por seres queridos. Juraron no permitirlo nunca más.
Como adultos, ante cualquier herida relacional, reviven el trauma pasado y asumen que el dolor actual es maltrato.
En realidad, los roces cotidianos surgen de malentendidos, suposiciones erróneas o falta de comunicación, pese a buenas intenciones.
La autoprotección aprendida se convierte en hipersensibilidad. Reaccionamos exageradamente al dolor como "prueba" de maldad ajena. Una defensa saludable del pasado muta en reactividad dañina en el presente.
Eso fue entonces...
Si te sobrecargaron de responsabilidades infantil, estuvo mal. Pero hoy, como adulto, asumirlas no lo está. Si fuiste maltratado de niño, nunca debió pasar. Sin embargo, tu dolor actual no implica maltrato.
Las defensas del pasado pueden ser inapropiadas hoy. Hasta sanar esas heridas, arriesgamos tratar a nuestros seres queridos como opresores antiguos.
"Luchamos" contra conductas normales como si fueran abusivas y nos protegemos como si nos atacaran. Por eso, los terapeutas preguntamos si el dolor actual parece familiar.
El pasado debe procesarse y sanarse para no dominar el presente.