Imagina que vas con prisa por la calle y ves a alguien recogiendo las compras de una bolsa rota. Si es tu tío, probablemente te detengas a ayudar. ¿Y si es un amigo? ¿O un desconocido? La mayoría intuye que priorizamos a familiares sobre amigos y extraños, una idea respaldada por teorías evolutivas: compartimos más ADN con la familia, lo que podría inclinarnos a ayudarles primero.
¿Es esta preferencia innata en los humanos? Un estudio publicado en 2022 en el Journal of Experimental Psychology: General, realizado por Julia Marshall, Anton Gollwitzer, Kellen Mermin-Bunnell, Mei Shinomiya, Jan Retelsdorf y Paul Bloom, explora esta cuestión mediante dos experimentos de desarrollo con niños de 5 a 9 años y adultos.
En el primer estudio, enfocado en participantes de EE.UU., se presentaron escenarios donde un niño necesitaba ayuda (hambre o herida). Los adultos observaban: un padre, un amigo o un desconocido. Se preguntó si estaban obligados a ayudar.
Los niños más pequeños creían que todos debían ayudar, con una ligera preferencia por familia y amigos sobre extraños. A mayor edad, y en adultos, esta distinción se acentuaba: familia primero, luego amigos y menos extraños.
¿Mejora cognitiva o aprendizaje cultural? El segundo estudio comparó niños y adultos de EE.UU., Alemania, India, Japón y Uganda. Los más pequeños universalmente esperaban ayuda de todos. En la mayoría de culturas, niños mayores y adultos priorizaban familia. Sin embargo, en Uganda, adultos creían que todos debían ayudar, reforzando esta idea en sus niños.
Estos resultados indican que los niños parten de un principio universal de ayuda, pero adoptan las normas culturales de los adultos. No es un instinto evolutivo fijo, sino moldeado por la sociedad.